Alejandro López
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IA

Por qué la mayoría de funcionalidades de IA no deberían existir

14 jul 20266 min

La mayoría de funcionalidades de IA resuelven un problema de hoja de ruta, no un problema de la persona que usa el producto.

Casi todas las funcionalidades de IA que he visto lanzar en los últimos años nacen de la misma conversación: alguien pregunta “¿y nosotros qué estamos haciendo con IA?”. Esa pregunta no viene del usuario, viene del miedo a parecer lento. Y cuando el origen de una funcionalidad es una reunión y no un problema, el resultado se nota: un chat lateral que nadie abre, un botón de “generar” que produce texto que después hay que reescribir, un resumen que el usuario no se atreve a usar porque no sabe si es correcto.

El filtro que aplico antes de construir es simple. Primero, ¿qué decisión concreta mejora esta funcionalidad? Si no puedo nombrar la decisión —a quién contrato, qué documento aplica a mi caso, qué activo está perdiendo rentabilidad—, no hay funcionalidad, hay demo. Segundo, ¿qué pasa si el modelo se equivoca? Si el coste del error lo paga el usuario y no puede detectarlo, el problema no es el modelo: es el diseño. Tercero, ¿podría resolverse con una consulta, un formulario bien pensado o una regla? Si la respuesta es sí, la IA solo añade coste, latencia e incertidumbre.

La IA que sí funciona casi nunca parece IA. En los productos que construyo aparece detrás de la interfaz: estructurar información que llegaba en formato libre, comparar candidaturas con los mismos criterios, extraer evidencias de un documento largo, señalar lo que se sale de lo normal. El usuario percibe que el producto es más rápido y más claro, no que hay un modelo trabajando. Ese es el objetivo: valor visible, tecnología invisible.

También hay una parte incómoda: la IA no arregla un producto que no tiene un problema claro detrás. Multiplica lo que ya hay. Si el flujo es confuso, lo hace confuso más rápido. Si los datos son malos, genera texto plausible sobre datos malos. Antes de añadir un modelo, casi siempre hay una versión más barata del trabajo: entender mejor el proceso real de la persona que usa el producto.

La idea central: si la funcionalidad desaparece y nadie la echa de menos, no era una funcionalidad.